Miguel Llamas, in memoriam

He tenido la suerte de conocer tres veces a Miguel Llamas.

Primero conocí su trabajo como escultor y me llamó la atención por su personalidad, la versatilidad de estilos que era capaz de abordar y lo original de sus planteamientos, siempre con una base racional que justificaba abordar los materiales que esculpía para ofrecer una pieza sólida y evocadora.

Después le conocí como amigo de mi padre que era con esa relación quizá algo superficial y educada que guardamos con los conocidos, pespunteada de buenas maneras pero sin arañar el interior propio ni ajeno. Pero por fortuna hubo una tercera fase en nuestra relación a la que puede decirse que ambos llegamos corriendo. Bueno, esto ya supondría colocarme muy cerca de un inmerecido puesto en el que compararme con Miguel. Porque si yo corro y lo más que he conseguido es acabar un puñado de medios maratones y otras carreras menores teniendo mi Everest en el el maratón de Nueva York de 2009, lo que hacía Miguel era otra categoría puesto que además de maratones y medios maratones para aburrir él había logrado terminar carreras sobrehumanas como los 101 kms. de Ronda. Más de un centenar de kilómetros corriendo. Me duelen los gemelos sólo de imaginármelo.

Miguel vivía cerca del río Segura, bordeado en los últimos años por La Mota, como se conoce popularmente al sendero habilitado en la orilla del cauce y que corredores, paseantes, ciclistas y patinadores convierten a diario en lugar de esparcimiento o entrenamiento. Pero donde algunos poníamos la meta, ir corriendo desde el inicio hasta una distancia determinada según lo que tocase ese día, como mucho 10 kms. y vuelta, para Miguel no era más que el calentamiento.

miguel llamas 1

Desde allí subía hasta el Relojero, una de las cumbres por encima del Santuario de la Fuensanta, 14 kms de “paseo” con la segunda mitad en pronunciadísima pendiente… y luego vuélvete a casa. Cuando le contabas estas cosas a quien no conocía a Miguel más que de vista ya esbozabas una sonrisa por la reacción habitual: “pero… si Miguel es mayor ¿no?”. Su figura enjuta y su sonrisa enmarcada por una barba de joven abuelo parecían incompatibles con un manojo de fibrosas extremidades lanzándose a devorar kilómetros, pero esa disciplina y ese compromiso no eran sino el eco de lo que ocupaba muchas de sus horas al cabo del día: el Arte.

En la escultura también hay mucho de pelear contra la materia, no solo de forma intelectual sino jugando con los recovecos de la imaginación para saber obtener de un pedazo de madera, piedra o metal una forma reconocible, la que buscabas en tus sueños y tanto te ha costado extraer a base de golpes, arañazos, caricias. Conseguir una escultura puede tener cierto paralelismo con cruzar la meta en un maratón, tal vez por eso Miguel corría por la mañana y esculpía por la tarde, un alfa y una omega de competición contra uno mismo, contra tu destreza, tu entrega, tu esfuerzo día tras día, cuya única recompensa final es la constatación de que cada jornada, cada entrenamiento, cada golpe de cincel, cada paso, arrancados a la comodidad y la complacencia, tienen una resolución.

Sólida y material en el caso de una escultura, inmaterial y evanescente en el caso de terminar una carrera de larga distancia. Al culminar ambas queda borrado el esfuerzo, los madrugones, los dolores en los músculos por el castigo físico, los sudores y las heridas, ampollas y torceduras, dudas, miedos… un bloque de cualquier material es testigo para la posteridad de tu afán y una medalla impersonal (porque hay varios cientos si no miles más de finishers como tú que tienen una igual) te recuerda que cruzaste una meta. El testigo sólido varía pero como decía Yoda “el tamaño no importa” y es en tu interior donde queda almacenada la sentencia de ese largo proceso.

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Hace unos años gracias a AJE Murcia tuvimos una tarde memorable en la que con la excusa del libro “De qué hablo cuando hablo de correr” del imprescindible Murakami, Miguel nos habló de cómo entendía él esos dos enfrentamientos con la soledad que son la producción escultórica y las carreras de fondo (y ultrafondo), añadiendo además la circunstancia de que un artista como él es un empresario de si mismo y la suma de estas tres circunstancias permitieron a los asistentes (emprendedores, empresarios, jóvenes profesionales en su mayoría) adquirir una perspectiva impagable de una actitud vital como la suya con el compromiso propio y la responsabilidad en las tareas que se afrontan que muchos aún recordamos con viveza.

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En aquella charla Miguel se abrió a nosotros y nos habló de la enfermedad contra la que luchaba y de como, en cuanto las fuerzas se lo permitían mínimamente, se calzaba las zapatillas y salía a devorar kilómetros. Durante estos últimos años hemos compartido múltiples charlas en las que casi invariablemente yo sentía una verguenza horrible por no ser capaz de trotar más que un par de días a la semana 4 ó 5 kilómetros, teniendo 20 años menos y salud mientras que Miguel, en mitad de la lucha contra el cáncer que nos lo ha arrebatado, se metía en el cuerpo una docena de kilómetros “pero suaves, a 5:00”, tiempos que ya firmaba yo por aguantar en carerra.

Mientras escribo esto hace prácticamente 24 horas que un mail que nunca hubiera querido recibir me dejaba sin posibilidad de volver a abrazar a Miguel cuando venía por el despacho, de volver a ver su sonrisa algo pícara y de volver a sorprenderme con su inagotable vitalidad, inspiradora como pocos estímulos porque era el ejemplo vivo de que querer es poder y de una frase que sirve de acicate a los runners pero que todos deberíamos aplicar en nuestra vida: si puedes andar, puedes correr.

sardina

Nos queda el recuerdo sólido de las esculturas de Miguel pero sobre todo el legado inmaterial que nos transmitió con su ejemplo. Ahora nos acordaremos siempre de él al cruzar el río por el Puente de los Peligros y ver la que probablemente sea su obra más conocida y querida por los murcianos: la Sardina, esa única sardina del mundo que es de agua dulce y que recoge la memoria de todos los que hace décadas jugábamos en verano con la sardina de plástico de idéntico aspecto a la escultura de Miguel Llamas, a llenarla de agua y apretar para que la escupiese por el pequeño agujero que tenía en la boca. Pocas veces se ha ofrecido tan hermoso testimonio a la memoria de la diversión infantil.

Gracias Miguel y descansa tras cruzar tu última meta.

[Página web oficial de Miguel Llamas]

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3 pensamientos en “Miguel Llamas, in memoriam”

  1. La huella y el recuerdo que me deja mi amigo del alma, mi amigo Miguel, son tan sólidos y son tan bellos como sus esculturas.

  2. Agradecer es poco, cada una de las palabras que se ofrecen a la memoria de mi padre. Mil gracias por hacerme sentir que no solo yo idolatraba a Miguel Llamas Yeste y que su recuerdo será imborrable en muchas de las personas que se cruzó en su vida. Si hay algún adjetivo que reúna tantas cualidades de el, es que era una persona ADMIRABLE

  3. Amigo Miguel, que grande eras, desde que nos conocimos un día de mayo de 1976 hasta que partiste a un viaje sin retorno, siempre admiré en ti tu gran sensibilidad, tu espíritu libre y tu amor a la naturaleza. No has dejado un gran legado artístico y un bello recuerdo en nuestra memoria. Las personas recordadas nunca mueren
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