La gran esperanza blanca

AliGreatWhiteHope

En 1970 una película contaba cómo en medio del racismo imperante aún en los años 50 en USA un púgil negro se convierte en el primero con ese color de piel en ganar el título mundial de los pesos pesados. Acosado y perseguido huye a Cuba donde se le ofrece participar en un combate amañado que devolvería el título a un boxeador blanco.

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Desde ese momento la frase “la gran esperanza blanca” queda acuñada para calificar a quien es capaz de sobreponerse a un estado de cosas contrario a un movimiento en determinada dirección, cambiando las circunstancias para volver a dejarlas donde deberían estar. El problema es cuando se acude a ese lugar común olvidando que en el origen de la trama de esta película de Martin Ritt protagonizada por James Earl Jones, esa “gran esperanza blanca” era en realidad una trampa.

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Vivimos momentos de crisis (acepción 7 de la RAE: situación complicada) en muchos aspectos, entre ellos de la gobernanza, el desarrollo por parte de una serie de personas de un conjunto de actitudes capaces de servir a la sociedad por delante de los intereses particulares procurando el progreso y el bienestar. La clase política ha caído en un descrédito insoportable, injusto para quienes pertenecen a ella y acumulan responsabilidad con la sociedad tratando de acometer la tarea de promover el buen funcionamiento del poder para que la sociedad se beneficie de ello… y no al revés.

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Nos encontramos en un tiempo en el que cuestionamos las estructuras que hacen que funcione todo a nuestro alrededor y ponemos en duda el tipo de Estado, el método de gobierno, la calidad de quienes nos representan y la utilidad de las instituciones… y a diario escuchamos repetir “son todos iguales” y “esto no tiene solución”. Y ambos asertos están equivocados. Existe una gran esperanza blanca que no es fruto del amaño.

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Durante una reciente cena he podido confirmar mis intuiciones sobre al menos un representante de una nueva generación que está intelectualmente preparada, que no tiene miedo a cuestionar las estructuras establecidas, que no duda en señalar lo que no funciona, que realiza propuestas dotadas de juicio y sentido, que argumenta con conocimiento de causa y cuyas palabras se sustentan sobre la reflexión y la documentación. Casi se merecería que le expulsasen de Twitter. Jóvenes con experiencia en sus campos de especialización, con visión de Estado, con visión europeista, que han viajado y saben lo que sucede más allá de nuestras fronteras y que conocen también lo que a muchos urbanitas se les olvida: la tradición y la memoria, la herencia de valores de gentes sencillas a los que muchos desprecian por no haber nacido en una localidad donde hubiera un Corte Inglés.

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Representantes de una generación que está ahí, oculta entre sus iguales, y que permanece (casi milagrosamente) a salvo de adoctrinamientos partidistas, con perspectiva de conjunto y voluntad de no repetir los errores de sus mayores. Están esperando que llegue su momento y no queda más remedio que dejarles paso porque están preparados, conocen su potencial, saben lo que no quieren y lo que es mejor: intuyen lo que quieren y tienen voluntad para hacerlo pensando en lo que es mejor para todos y no en lo que es mejor para ellos mismos.

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Son nuestra gran esperanza blanca, existen, están ahí, lo sé porque les he mirado a los ojos y en ellos he visto preparación y determinación. Sólo tengo una duda… ¿les dejaremos luchar con libertad o amañaremos una vez más el combate?

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